Lo sé. He tardado mucho en actualizar. Y, como todo quisque, encuentro el atenuante perfecto en la puta navidad. En estas pasadas fechas, por más que uno no quiera participar de los festejos, siempre acaba cambiando su modus vivendi en esos días; a veces, precisamente buscando no tomar
parte en ellos, cualquiera dedica tiempo en hacer cosas que generalmente no hace. Entre ellas, amén de proyectillos que ya iré comentando, servidor se ha dedicado a ver bastante cine. Algún imprescindible abandonado en un VHS en la estantería más recóndita, algún antojillo de videoclub de autor, alguna sesión inesperada... Y concretamente dos filmes: el uno, de esos de antes, de los de "joder, la tengo que ver, que es muy conocida", y me refiero a "Danzad, Danzad, Malditos"; el otro, la típica que recuerdas a duras penas de una sobremesa mal echada en tu adolescencia y que últimamente no dejas de comentar con el amigo-amantedelgénero de turno, y ahora hablo de "El Tiempo de los Intrusos". Y ambas dos, sin nada que ver la una con la otra, se revelaron ante mí como dos pequeñas joyitas de imprescindible recomendación. Ambas dos, derrochan un valor que prácticamente se ha perdido como condicionante popular para la valoración de cualquier cinta: la diégesis. Es decir, el relato, el argumento contado en pocas palabras, la sinopsis-resumen que sirve lo mismo para hacer una crítica de las de andar por casa (de esas que gustan mucho de hacer los señores mayores cinéfilos de este país), que para "vender" lo interesante que pueda ser una película en un reunión social donde se alguien saque el "tema cine". Y es que, piénsenlo bien, al margen de los atractivos puntuales, de las secuencias-gancho, del efecto de turno, de la inolvidable secuencia, de la preciosa fotografía (a a que todo el público aludirá sin saber de qué cojones habla) o la música "que es muy bonita" -que podría decir mi madre- ... la argumentación primera, la oferta más inmediata y mejor, el atrayante más interesante para cualquier escala de cinéfilo, desde el que se autodenomina "cinéfago", hasta el espectador ocasional de multisalas periurbanas palomiteras, pasando por el viejuno al que antes aludía, la principal argumentación para acosejar un filme, decía, es esa: que pueda ser una peli cuyo argumento se pueda contar y mole.
parte en ellos, cualquiera dedica tiempo en hacer cosas que generalmente no hace. Entre ellas, amén de proyectillos que ya iré comentando, servidor se ha dedicado a ver bastante cine. Algún imprescindible abandonado en un VHS en la estantería más recóndita, algún antojillo de videoclub de autor, alguna sesión inesperada... Y concretamente dos filmes: el uno, de esos de antes, de los de "joder, la tengo que ver, que es muy conocida", y me refiero a "Danzad, Danzad, Malditos"; el otro, la típica que recuerdas a duras penas de una sobremesa mal echada en tu adolescencia y que últimamente no dejas de comentar con el amigo-amantedelgénero de turno, y ahora hablo de "El Tiempo de los Intrusos". Y ambas dos, sin nada que ver la una con la otra, se revelaron ante mí como dos pequeñas joyitas de imprescindible recomendación. Ambas dos, derrochan un valor que prácticamente se ha perdido como condicionante popular para la valoración de cualquier cinta: la diégesis. Es decir, el relato, el argumento contado en pocas palabras, la sinopsis-resumen que sirve lo mismo para hacer una crítica de las de andar por casa (de esas que gustan mucho de hacer los señores mayores cinéfilos de este país), que para "vender" lo interesante que pueda ser una película en un reunión social donde se alguien saque el "tema cine". Y es que, piénsenlo bien, al margen de los atractivos puntuales, de las secuencias-gancho, del efecto de turno, de la inolvidable secuencia, de la preciosa fotografía (a a que todo el público aludirá sin saber de qué cojones habla) o la música "que es muy bonita" -que podría decir mi madre- ... la argumentación primera, la oferta más inmediata y mejor, el atrayante más interesante para cualquier escala de cinéfilo, desde el que se autodenomina "cinéfago", hasta el espectador ocasional de multisalas periurbanas palomiteras, pasando por el viejuno al que antes aludía, la principal argumentación para acosejar un filme, decía, es esa: que pueda ser una peli cuyo argumento se pueda contar y mole.No digo que no haya otras, y que no estén bien. Estas mismas navidades, también pude echar un ojo a "El Sueño de Arizona" (quedándome alguna otra suya por ahí sin ver, sin duda, ésta es la peor película con mucho de Emir Kusturica) y ver una de esas otras que no van de nada. Pero, sobre todo en estos tiempos, donde el cine de género definitivamente se repite hasta la acidez estomacal (estoy generalizando, eh), y el cine de ese que llaman "de autor" sólo supone un ejercicio con fondo, y doble fondo y trasfondo, pero sin forma, mola poder encontrar un argumento atractivo que se cuente a viva voz y suene a único. Los Coen dicen que siempre se fuerzan a encontrar un argumento con una estructura muy sólida para, a partir de ahí, trabajar sus personajes y las situaciones que ya tenían en mente. Las pelis tienen que mantener el entretemiento de rigor y para ello siempre funcionan las leyes de Propp, los artes nuevos de hacer comedias, y las poéticas de Aristóteles de siempre. Hasta yo mismo, en esa peli que empezamos en septiembre (y que nadie sabe si podremos terminar porque no tenemos pasta para más) me saqué de la manga una trama de género-género para poder vertebrar la sucesión de paridas que aglutina nuestro peliculón.
Derrochando Arte Drámatico
Pero ahora no estoy hablando de que "Danzad, danzad..." y "El Tiempo de los Intrusos" sean ejemplos inmortales de la teoría y praxis del guión cinematográfico, ni pretendo ponerme a hablar de puntos de giros, ni de tramas secundarias, curvas de interés o elementos desencadenantes (sólo he visto las pelis sin más, repantingado y disfrutando, sin análisis ni minutajes), si no de lo que es "contar de qué va". Y en ambos casos mola muchísimo contar de qué va la peli. Un ejemplo, para que se me entienda, podría ser, qué se yo... "Amelie" al lado del filme de Walter Hill. De las dos podemos extraer conceptos más que piropeables: "Amelie" es molona, tiene un montón de secuencias que son puro derroche estético, y a todo el mundo le gusta porque es... bueno... como "muy así"; "El Tiempo de los Intrusos" nos promete hallazgos trepidantes, con Hill perpetuando a Peckimpah en su lírica de la violencia (toma ya, lo que acabo de escribir) y unos malosos de puta madre, con Ice T, Ice Cube, Tommy "Tinny" Lister y demás panda de imprescindibles negratas. Pero entonces llega la hora de contar a alguien ambas pelis, de situarnos frente a la diégesis. Y ahí "El Tiempo de los Intrusos" cuenta la historia de dos bomberos que encuentran el mapa de un tesoro moderno (el botín de un robo a una vieja iglesia) y deciden ir a buscarlo a un edificio abandonado de la periferia más suburbial, todo se complicará cuando, tras ser testigos de un asesinato por ajuste de cuentas entre bandas, tengan que permanecer atrincherados en el edificio con el hermano del jefazo de los peligrosos narcos que hay fuera como rehén. Ya tenemos ahí a un audiencia ganada, ¿qué pasará?, ¿cómo llegaron los protas a esa situacion tan comprometida?, ¿cómo se resolverá todo?... es posible que luego la peli se pierda en mil paridas y sea incluso mala de cojones, pero el interés ya está ganado. En cambio, trantando de contar "Amelie", cualquier trastabillará mil veces, haciendo pausas a montones, para acabar contando algo así como: "Amelie" cuenta la historia de una chica que se llama Amelie, a la que le suceden movidas y... bueno... se enamora y eso, ¿no?... y luego pasan más movidas; pero es todo muy bonito. Sé que es absurdo comparar "Amelie" con "El Tiempo de Intrusos", pero ¿ven a qué me refiero?, es todo cuestión de "ir de algo".
Y estas dos películas, servidor vibraba con esta cuestión. Se puede sacar mucha tajada de ambas y adquirir conocimientos de estos que no valen más que para hablar con otro amanes de lo inútil y llenar páginas de internet. Mola descubrir que en "Danzad, danzad..." Jane Fonda representa el personaje del que Pat Benatar tomaría el suyo de "Love is a Battlefield" (calcadito, con los mismos huequitos bajo la boca y todo), o ver más razones en "El Tiempo..." para reivindicar a William Sadler como actorazo de infranqueable presencia física; u observar que, aparte de Sadler, ambas pelis son oportunidades de redescubrir a más intérpretes de la saga "Jungla de Cristal", como una jovencísima Bonnie Bedelia (la mujer de McLaine) preñada en la cinta de Sydney Pollack, o al cachondo de Argyle el chófer (De'voreaux White) en la de Walter Hill. Pero, al margen de esos detalles molones, que, bien visto, se suelen encontrar siempre en la peli que sea, hay un desarrollo férreo que otorga al que mira una sensación de progresión geométrica de la que se participa. Si la de Hill se cuenta en las frases de más arriba, la de Pollack habla de un macro concurso de baile, durante la época de la depresión, donde los concursantes deberán bailar y bailar hasta desfallecer en una pugna de más de ¡300 horas! (así, entre signos de admiración, se potencia más la idea de slogan en la simple narración del argumento).
Y bueno, era sólo eso, una (levísima) reivindicación de "el argumento molón" en las películas, sirvan estas dos de ejemplo. A ver si vuelvo a recuperar el ritmo habitual de posteo. Un beso negro a tod@s.


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