Con esto de "Hábil Artesanía", pretendo comenzar una saga de entregas (que se irán sucediendo con la intermitencia que a mí me de la gana) sobre secuencias a reivindicar del 7º arte. Evidentemente, no colgaré la partida de ajedrez de "El Séptimo Sello", ni el diálogo final en la lancha de "Con Faldas y a lo Loco", ni a James Cagney subido a un silo gritando "¡Mírame mamá, estoy en la cima del mundo!". Éste pretende ser un rincón donde colgar secuencias que juzgo de un mérito sobresaliente, bien por su ritmo, bien por su innovación (caso de haberla), bien por su refuerzo a la premisa dramática desde su narración visual, bien por un aprovechamiento molécula por molécula de los medios técnicos. Y si es de películas que, ni figuran, ni figurarán en ranking alguno de "Las Mejores de...", mucho mejor.
Y el primer cachico, va a ser una de las secuencias más memorables de "Las que tienen que servir". Producida en 1966, basada en una obra teatral de Alfonso Paso, dirigida por José María Forqué, sin duda uno de los grandes a reivindicar; y, dirigiendo la fotografía Cecilio Paniagua. Es una peli de estas protagonizadas por Alfredo Landa, Conchita Velasco, Amparo Soler Leal, Laura Valenzuela... alguno de ustedes quizá la conozca de haberlo pillado en "Cine de Barrio", aunque no es plan; porque Cine de Barrio, entre la gente nacida después de 1970, sólo se contempla como algo grotescamente cachondo o, como dicen los Bruttos, muy bizarro. Este filme es una de esas excepciones que a veces programan; como cuando emitieron, con su merienda de rigor y todo, "¡Vivan los Novios!" de Berlanga, una peli por entonces inencontrable. Como curiosidad del filme, la presencia de William Layton, auténtico introductor de "El Método" en España, interpretando a Don Johnny, el turista dipsomaníaco.
Verán ahora la gran secuencia en la que, entre Amparo y el bueno de Manolo Gómez Bur timan a una Margot Cottens que no alcanza a entender. Con ustedes, puro sainete cinematográfico... "Las que tienen que servir":
Cinco tiros de cámara, que son al final siete planos (número perfecto para llenar una jornada haciendo las cosas bien) para una secuencia de tres minutos. Únicamente siete para una puesta en escena que transcurre en tres espacios, con muchas idas y venidas, siempre potenciando la importancia de cada personaje jugando únicamente con la superposición de términos, y con un sólo salto de eje -por mor de la composición- de esos que dan igual; todo sin renunciar al ritmo, componiendo perfectamente de encuadre a encuadre y sin caer en ese mal que ha tenido su hueco en el cine español de las últimas décadas, que es lo que yo llamo el "hala, salid".

1 comentarios:
Puede ser una gran saga, casi tanto como la de Rambo !!!
Espinete
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